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Lenguaje inclusivo: transformando la empresa y la sociedad

Semanas atrás compartía con el equipo Belbin Spain & Latam, unas sesiones de formación sobre el lenguaje y la comunicación de la empresa desde una perspectiva de género.

En el encargo había una interesante diversidad de sensibilidades y enfoques, así que la formación fue la ocasión perfecta para abrir una conversación abierta que recogiera, no solo los argumentos que defienden el uso del lenguaje inclusivo, sino también las reticencias, los peros, las dudas y los interrogantes. Más allá de aprender técnicas para evitar el masculino genérico, la intención de las sesiones fue conectar la comunicación con los valores personales y organizacionales de las participantes. El resultado del proceso fue una conversación generativa que terminó en la revisión de los elementos de comunicación de la empresa, pero lo hizo pasando antes por las creencias conscientes e inconscientes que transmitimos al elegir las palabras y las imágenes que nos representan.

En el grupo había quien sentía la necesidad de incorporar una mirada feminista, animaba a usar el lenguaje inclusivo con argumentos propios, pero reconocía no poder persuadir a quienes respondían con contraargumentos.

Había quien, intuyendo la necesidad de abordar el debate del lenguaje, tenía serias dudas sobre las ganancias y pérdidas de mezclar feminismo y empresa.

También había quien sentía que el masculino genérico representaba mejor su realidad profesional y por el contrario, quien tenía tan interiorizado el evitarlo, que su uso le resultaba “anticuado, obsoleto, de otra generación”.

Sobre esta diversidad de partida, comenzamos explorando el lenguaje como herramienta, preguntándonos si es reflejo neutro de la realidad o representa la realidad que cada quien decide mirar. Si es espejo de una sociedad diversa o de una sociedad no incluyente y si utilizada con intención, puede cambiarla.


Nos preguntamos qué realidad representa, ¿la mía, la tuya?, ¿la que ha sido, la que será? Nos preguntamos si las palabras que uso para presentarme me representan como soy o como quiero llegar a ser o si voy transformándome en función de las palabras que decido utilizar.


La conversación nos llevó a un territorio de reflexión abierto sobre la cultura que nos rodea y nos preguntamos por el nivel de conciencia de cada mirada, la distancia mínima necesaria para ser capaces de detectar las expresiones sexistas y androcéntricas que impregnan la comunicación. Intentamos salir juntas de la pecera y mirar con perspectiva.

Con distancia, miramos los mensajes subliminares de la comunicación que nos rodea, la que nos ha rodeado desde la infancia y la que nos envuelve cuando paseamos, consumimos o disfrutamos. Revisamos cómo la comunicación atribuye roles diferentes desde edades tempranas y cómo establece relaciones de poder, situando a las mujeres en una posición secundaria, inferior.

Con distancia y con la mirada afinada, nos preguntamos por los restos de sexismo y androcentrismo que subyacen a las imágenes que elegimos para representar la empresa, las personas en ella, la profesionalidad. Una búsqueda rápida en Google nos llevó a representar la profesionalidad como una carrera de velocidad, con ganadores y perdedores; las personas, uniformadas y ordenadas verticalmente en jerarquías piramidales; la empresa como organización mecanicista, industrial, donde las personas son recursos humanos a gestionar desde un poder vertical, superior.

lenguaje

Mujeres reducidas a su rol de madres; mujeres cosificadas al servicio del placer de hombres; mujeres sin voluntad propia, instrumentalizadas y supeditadas al poder de otros.

Representaciones gráficas de un concepto de empresa muy parecido al diseño original, el modelo de empresa que concibieron los hombres en el contexto histórico donde confluyeron el inicio del capitalismo, la industrialización y la división sexual del trabajo.

Representaciones gráficas descontextualizadas y obsoletas, con raíces profundas en un paradigma económico sexista que reproducen y perpetúan las relaciones de poder, instrumentalizan a las personas, ensalzando y centralizando lo masculino.

Y así llegamos de nuevo al lenguaje, preguntándonos si cuando elegimos el masculino para representar el todo, estamos representando la realidad diversa e incluyente que queremos construir, la realidad organizacional a la que aspiramos o perpetuamos las desigualdades del pasado presente.

Y con el lenguaje, conectamos con el territorio Belbin, que precisamente, apuesta por poner en valor la diversidad, pintando de colores las aportaciones individuales, resaltando la potencia de sumar, incluir y complementar miradas, comportamientos, tendencias, roles y estilos de relación.

Más allá de las técnicas de inversión del lenguaje sexista, el proceso nos llevó a conectar el estilo de comunicación corporativo con los valores personales de cada participante y con la intención común de todas las que estábamos en la sala:

Transformar las organizaciones empresariales centralizando las capacidades humanas, poner en valor la diversidad de roles y demostrar el impacto de la colaboración complementaria.

La superación del paradigma empresarial mecanicista y la transformación de las culturas organizacionales pasa también por cuestionar las raíces invisibles, las que subyacen a las palabras y las imágenes que nos rodean.

Y cada quien, desde nuestra mirada e intención, decidimos creer si el lenguaje es neutral o es transformador, si reflejamos la desigualdad o enfocamos la diversidad, si lo usamos para retroalimentar un pasado empresarial heredado o para construir el futuro que queremos habitar.

Una formación diseñada por Harean para Belbin Spain & Latam y gestionada a través de Secursa Formación.

Un artículo escrito por Izaskun Merodio Vivanco

Izaskun Merodio

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